INVITACIÓN 1ª - Ven a La Paz

Durante todo el siglo XX la literatura latinoamericana fue construyendo nuestra residencia en la tierra. Recorriendo la distancia desde la colonia hasta la nación, peregrinando por laberintos de soledad, nuestra literatura nos imaginó. Hemos conversado en las catedrales, hemos escrito a los coroneles, hemos creído en las utopías arcaicas, nunca hemos pedido que aparten de nosotros este cáliz, siempre hemos vivido intensamente esta crónica de una vida anunciada. Pero carecíamos de algo fundamental. A pesar de que el poder de nuestra palabra producía inquisiciones y poemas humanos, el viaje a la ficción era un viaje que transcurría en cien años de soledades creadoras. Necesitábamos pensarnos en comunidad para dar gracias por el fuego.

Algunos de nuestros países tenían reuniones académicas dedicadas a su literatura. Invitaban a los patriarcas del norte para recibir su bendición pero ni siquiera miraban al hermano desconocido, salvo cuando ese hermano recibía algún premio Nobel o cosa equivalente. Aún así, leíamos entonces a Pablo Neruda, no a Pedro Lemebel; a Octavio Paz, no a Carlos Monsiváis; a Gabriel García Márquez, no a Álvaro Mutis; a Mario Vargas Llosa, no a César Vallejo; a Machado de Assis, no a Clarice Lispector. Nos contaminábamos con la hora de la estrella aunque olvidábamos la constelación.

Pero hace veintidós años JALLA organizó su primer congreso en La Paz. En este modesto rincón del mundo, la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés organizó un diálogo entre académicos menores que querían pensar nuestro imaginario desde nosotros mismos. Es decir, recorriendo los senderos que se bifurcan: escritura y oralidad, barroco mestizo y tejidos, poesía y candomblé. En otras palabras, la colonialidad en las artes: la coexistencia y la desarticulación de modernidad y tradición que pueden comprenderse y experimentarse desde la metáfora del saco del aparapita –nombre demasiado paceño que podría sustituirse por el sociológico glocal o el educativo intercultural o el teórico diferencia radical o el político multitud pero que traduciéndolo perdería llajua, perdería picante- que es nuestro momento constitutivo.
Desde entonces se han realizado once jornadas más de ese camino ininterrumpido. Argentina, Ecuador, Perú, Chile, Colombia, Brasil y Costa Rica. Hablándonos y escribiéndonos, tejiéndonos y dibujándonos hemos ido revelando lo que la creciente lucha por la hegemonía está demostrando: que la lucha por los saberes y poderes de la representación se ha desplazado del espacio ideológico al territorio cultural. JALLA, así, ha profundizado la reflexión sobre los conflictos culturales que han diseñado la configuración de nuestras identidades.

Hemos sido capaces de compartir lo que dicen nuestras palabras, lo que explican, lo que omiten, lo que niegan, lo que fabrican. Porque nuestras palabras han producido nuestras realidades: desentierran pasados o los inventan, diseñan horizontes o los sepultan, censan nuestra experiencia o la sueñan. Durante veintiún años hemos construido una comunidad académica que ha llegado a su mayoría de edad, entre otras cosas, porque nació en una ciudad que tiene gente con el corazón más grande. Y el año 2016 JALLA volverá a La Paz porque ha llegado la hora de realizar el viaje a la semilla.


Ven a La Paz

Fabián C. Barrio

La Paz es sin duda uno de los asentamientos humanos más prodigiosos del mundo. No es una ciudad hermosa, no. Pero es única e irrepetible. Es verdadera. Genuina. Fantasmagóricamente real. Es uno de esos pocos lugares en el mundo con personalidad, alma, espíritu y casi diría voluntad propia. No habría forma de replicar una ciudad así ni aún queriendo. Todavía hoy sigo preguntándome cómo diablos la voluntad humana pudo acarrear hasta este valle escondido en el altiplano, a cuatro mil metros de altura, semejante cantidad de ladrillos, furgonetas, tejados de chapa, kilómetros de cable eléctrico, fetos de llama, pucheros de caldo, sombreros de bombín, pollos troceados y enharinados, vagones de teleférico y nichos para muertos.

Su aparición, detrás de una casa anónima de ladrillo, me provocó una de esas sensaciones intensísimas que justifican mil viajes. Grité como un loco. Varias veces. El bramar del tráfico se comió mis gritos, y ahí se quedó todo. Fue un sopapo para las retinas y para el espíritu. Y luego, la gradual asunción de su realidad, de sus calles atiborradas, sus mercados interminables y sus vertiginosas cuestas, fue como el surgir, inevitable, veloz y sincero, de un romance de esos que sabes que te harán daño. No amo ni La Paz ni Bolivia, me lo han puesto demasiado difícil, pero ciertamente me tienen hipnotizado, fascinado, deslumbrado como a un indefenso conejillo al que los faros de un coche van a matar de noche y es incapaz de reaccionar para evitarlo.

Creo que debes venir a La Paz. Qué diablos, creo necesario que vengas a Bolivia y conozcas esto con tus propios ojos y tus propias tripas. Ven a La Paz cuando tengas una semana libre. No hagas planes, ni se te ocurra hacer una reserva, simplemente plántate aquí, que el mal de altura te deje sin aliento, sube a un hostal cualquiera como un israelita más de los que se pasean por aquí con pantalones bombacho y mirada perdida, callejea, súbete a una furgoneta y cambia de barrio veinte veces, y si te cansas de la ciudad contrata un tour a donde te apetezca, a la ruta esa de la muerte, al lago Titicaca, a Uyuni, a donde sea, que te zarandeen en un jeep y te planten en otro lugar que te dejará pasmado, atónito, sin palabras. Ven, esto te dejará boquiabierto. El turismo aquí todavía está por descubrir, hay un infinito margen para la aventura descontrolada y genuina, para paisajes marcianos que son un mazazo para el espíritu, para platos que te tendrán una semana sentado en la taza del váter hasta hacerte reversible, para interminables veladas bajo un manto puro de estrellas, para el incesante asombro.

En pocos lugares como en Bolivia las gentes tienen una relación contractual semejante con la Madre Tierra. Le vuelcan cerveza, se tumban sobre ella a escuchar su bramido, le cagan encima, le lloran sus penas, la invocan, le suplican, la aman. Y eso se nota. El carácter boliviano, sin ser huraño, es especial. Son personas con un tesón inquebrantable, una capacidad de trabajo asombrosa, una resistencia ilimitada. Van completamente a su bola, concentrados firmemente en su objetivo, y tú no te puedes inmiscuir en su camino, porque te arrollarán. Nada los detendrá. Detestan las fotos y que les hagas perder su valioso tiempo preguntándoles una dirección: como respuesta te darán una indicación vaga para librarse de ti y seguirán trabajando en lo suyo impasibles e infatigables. Este país va a despegar como un cohete, dale tiempo, en algún momento de un futuro muy cercano será demasiado tarde para conocer de primera mano una revolución silenciosa y visceral como esta. Porque la revolución habrá culminado: serán los príncipes de la Pachamama, reyes del altiplano andino.


Si no lo digo, reviento

Fabián C. Barrio

Justo al alcanzar los 3.500 metros de altitud, la moto Fefa se detuvo con una tos profunda y cavernosa. Intenté arrancarla en la soledad sonora de la montaña, pero sabía perfectamente que estaba aquejada de mal de altura, exactamente igual que yo. Y la gasolina boliviana, que es queroseno del malo adulterado y mezclado con orina de llama, no estaba ayudando demasiado a empujar montaña arriba. A mi alrededor podía distinguir un paisaje andino abrupto y escarpado. La carretera se deslizaba cañón arriba como una serpentina de color negro. Bajé de la moto y me dispuse, jadeando, a hurgar en las entrañas de Fefa para quitarle el filtro del aire: de esta forma, el poco oxígeno que hay en las alturas entraría a borbotones en el carburador, y la moto, al menos, renquearía hasta Potosí. Quizá con más pena que gloria, pero llegaría allá arriba, a cuatro mil metros, donde necesitas profundas bocanadas de aire para lavarte los dientes o subir una escalera.

Potosí es un confuso entramado de callejuelas estrechas dispersas al buen tuntún en las faldas de la imponente montaña de Cerro Rico, antaño preñada de plata y estaño, hoy esquilmada por generaciones y generaciones de mineros que la violaron repetidamente durante siglos con sus manos desnudas. Cuestas terroríficas trepan por la ladera, pendientes se pierden en la sima, recodos imposibles se tuercen en todas direcciones. Los españoles no urbanizaron racionalmente Potosí como el resto de las ciudades de la colonia, porque creció tan rápido a la llamada del metal que no dio tiempo a trazar escuadras. El resultado es un vertiginoso caos de empinadas y vertiginosas callejuelas por las que la moto traqueteaba, moribunda. Poco antes de llegar al hostal, el radiador reventó con un siseo y vomitó una nube de vapor débil y apocalíptica y la moto apenas fue capaz de resollar hasta el patio interior donde pasaría la noche. A la mañana siguiente la llevé ronroneando y vomitando líquido refrigerante hasta el único mecánico de la ciudad especializado en motos de gran cilindrada. Elias Candy era un hombre de mirada honesta, aspecto trabajador, manos sucias de grasa, sonrisa franca, gestos amables. Regentaba un pequeño taller, en apariencia clandestino, en una calle secundaria al sur de la ciudad. A pesar de que era sábado de carnaval se puso manos a la obra y me citó para el día siguiente. Tomé un taxi de regreso a la Plaza 10 de Noviembre. Para tomar un taxi en Potosí debes bracear a casi cualquier coche que trepa la pendiente, y el conductor decide si vas en su misma dirección. Del mismo modo, el taxista tiene derecho a detenerse ante cualquiera que bracee y, si no lo desvía demasiado de su ruta, lo subirá al taxi contigo compartiendo la carrera. En consecuencia, cada coche de Potosí es un pequeño autobús con una línea eternamente cambiante. Mientras trepaba colina arriba, pensaba en los millares de plazas vacías que, cada día, suben y bajan estúpidamente por Castellana en Madrid. Cómo cambiarían las cosas si los taxis se pudieran compartir en la capital de España. Entonces y sólo entonces los taxis serían transportes públicos, porque ahora mismo no lo son: son vehículos privados que, a saber por qué motivo, tienen permiso para circular por carriles habilitados para el transporte colectivo. Pero en Europa la idea de permitir que un taxi lleve a más de un viajero por carrera no funcionaría: nos hemos aposentado en la cultura del derroche y la opulencia porque sí. No, no, no voy a compartir un coche con un desconocido, por Dios, qué asco. Así se acabe el petróleo del mundo o mi escuálida bolsa de maravedíes, que yo no quiero que un cualquiera use el oxígeno de este taxi más que yo. Y así, los taxis de la opulencia viajan de aquí para allá malgastando combustible y plazas sin que a nadie parezca importarle lo más mínimo. De idéntico modo, unos días más tarde en una farmacia, pedí catorce pastillas de antibiótico y con una tijerita recortaron unas resmas hasta que me dieron catorce, y catorce me cobraron. Así se hacen las cosas. En mi casa en Madrid, se habrían podrido seis o siete pastillas en el armario del baño.

El pequeño taxi renqueó por las empinadas calles de Potosí y se enfrentó a una larga cuesta. El taxista metió primera, murmuró algo entre dientes, y aceleró con decisión. El taxi trepó a duras penas, ronroneando como si el mundo estuviera a punto de acabarse, a tres o cuatro kilómetros por hora. Me fijé a mi alrededor, y comprobé que todos los coches, las motos, los camiones y las furgonetas de la ciudad traqueteaban trabajosamente por las colinas a paso de tortuga. Fue una imagen reveladora.
- Mierda- pensé-. No es mi moto. Es que aquí, las cosas funcionan así.
Sí. Aquí fuera, en el mundo de verdad, las cosas funcionan así. A medias. Agónicamente. Poquito a poco. Cada paso supone una dificultad enorme que se afronta con resignación. Si te ahogas, mascas hoja de coca. Si no tienes trabajo, te buscas la vida. Si el coche renquea colina arriba, te jodes y bailas. Pero sigues avanzando. El mundo sigue girando y tú no vas a quedarte quieto llorando tus penas. Hay que achantar. Hay que producir. Hay que salir adelante a codazos y dentelladas. En el mundo real, las cosas son duras. Son muy duras. No funcionan o funcionan mal. No hay agua caliente, se va la electricidad, la gasolina carcome el cárter, las calles se inundan cuando llueve, el jabón de la ropa corroe las manos, la comida es escasa, el arroz trae piedrecitas, las bombillas se funden, los cuchillos no cortan, las puertas no cierran, los peldaños de las escaleras son irregulares, las moscas de la caca pululan por doquier, las almohadas huelen a culo, el sol curte la piel, el internet se corta con regularidad, las bolsas de plástico se rompen, las frutas del mercado no lucen como modelos de pasarela, las aceras tienen remiendos, las cucarachas son grandes y osadas, el pan parece hecho de serrín, las estufas no calientan, la tierra es dura de labrar, no hay más que una marca de bebidas en el supermercado, el papel higiénico parece hecho de piedra pómez, la noche se cierne sobre las ciudades con un manto espeso y negro como el alquitrán.

Ese es el MUNDO REAL. Así son las cosas en el Planeta. Europa no es el mundo real. Es una quimera, una isla mínima de confort ficticio y se está desmoronando. ENTÉRATE.

¿Sabes? Abandonar Europa supone siempre una enorme cura de humildad.

El taxi me dejó cerca del mercado central, porque una manifestación había cortado los accesos a la plaza. No sé qué reclamaban los manifestantes, pero estaban montando un buen jaleo. El mercado central de Potosí es un edificio ruinoso de paredes de color azul pálido, en cuyo vientre florece una pléyade de puestos de todo tipo de mercancías, en un caos hermoso y armónico. Se encuentra encajado entre vetustos y agrietados edificios coloniales, y de él parte un enjambre confuso de cables de electricidad. Las nubes presagiaban una tormenta eléctrica inminente que pronto convertiría las calles en ríos, pero hasta el último momento, las cholas del Altiplano intentaban vender su género: una hacía pequeños sandwiches con carne que asaba sobre unas precarias brasas, otra vendía tamales humeantes, otra anunciaba a voz en grito que sus empanadas de queso eran las mejores, alguna había invertido sus ahorros en comprar lápices que ahora vendía al por menor. Los mercados de Latinoamérica, como los de Asia, como los de África, son un pirotécnico catálogo de gente buscándose la vida dignamente y me asombran y fascinan. Las gentes cocinan enormes pucheros en sus casas y venden platitos de guiso a los feriantes, acarrean de acá para allá bolsas y más bolsas de panecillos que han horneado al amanecer, venden chauchas ya abiertas y preparadas para cocinar, pelan dientes de ajo y los atan en primorosas bolsas: son gentes que no se asustan cuando el trabajo aprieta, que no dan la espalda al esfuerzo, que no escatiman energía para salir adelante. Devoran la vida con timidez y tesón desde su rinconcito de mundo. Un pesito, dos pesitos, tres pesitos, así prosperan, sin tener ni un ápice de miedo a ensuciarse las manos. Ratonan cada pesito que ganan con el sudor de su frente, lo alargan, lo reinvierten, lo hacen medrar. Hombres, mujeres, niños, tullidos, obesas señoras, escuálidos ancianos, nadie está ocioso, todos intentan vencer la vida a dentelladas.

Abandonar Europa supone siempre una inmensa cura de humildad.

Veo en los programas de televisión que llegan desde España a mi ordenador un desfile de gente puteada, pasmada y cariacontecida. No hay trabajo, no hay futuro, qué triste, hay recortes, los jóvenes emigran, nadie me da un empleo, estamos en crisis, no me puedo jubilar, no tengo ayudas, la subvención no llega, los políticos son unos hijos de puta, la paga del gobierno no me da para comprarme un iPhone. Háblale de subsidio de desempleo a las cholas del Altiplano que se cobijan bajo un pedacito de plástico para vender rosquillas desde el amanecer hasta la medianoche. Cuéntales a ellas, mientras arrastran carretillas de morrones, que estás jodido porque el paro no te da para ir al cine o salir a cenar el viernes por la noche, o que tu hijo tiene que emigrar para no tener que limpiar letrinas, cuando los suyos limpian cloacas de sol a sol o hace mucho tiempo que emigraron ya. Diles que los recortes han aumentado las listas de espera en el Clínico por culpa de Rajoy, díselo mirándoles a los ojos mientras ellas fríen huevos de sol a sol en un carrito de chapa para ganar tres pesos con los que comprar más huevos con los que pasar otro día más atadas al carrito friendo sin descanso.
- No tengo trabajo-. Díselo-. Yo era pastelero, y ahora nadie me contrata.
¿Sabes qué te contestarán? Te lo voy a decir yo:
- ¿Y por qué no hace unos pastelitos en casa y sale a venderlos con una cesta?
Y no sabrás qué contestarles, Europa. Te habrán desarmado donde más duele. Porque tú estás esperando a que alguien venga a sacarte las castañas del fuego. Tú esperas que alguien te solucione tu problema. Tú crees no tener nada y te has convencido de que no puedes hacer nada para salir del atollader. En cambio, las cholas del Altiplano se levantan cada mañana con el firme e inquebrantable propósito de sobrevivir por si solas. Y lo consiguen.
- Es que… con eso no gano lo suficiente.
- Pero gana algo, ¿no?. En su casa parado sí que no gana nada.
Y Europa se quedará callada. Y volverá a casa a lloriquear porque el subsidio del desempleo no da para comprarse un dron, un bolso de Versace, un fin de semana en una casa de turismo rural con spa de chocolateterapia. O quizá salga a una terraza a tomarse una cerveza y a esperar a que la crisis mejore para poder hacer exactamente lo mismo que hacía antes de que llegara la crisis. Y, mientras tanto, las cholas del Altiplano seguirán con su carretilla de morrones, sudando de sol a sol, ganando un pesito más, intentando prosperar con el esfuerzo de sus manos. Nadie aquí se siente inútil para tomar las riendas de su destino.

Salto de cinco años atrás. Pakistán. Una montaña se desmoronó sobre si misma, taponó un río y en cuarenta y ocho horas se había formado un lago de veinticinco kilómetros. Cuarenta mil personas perdieron sus hogares, que quedaron sepultados bajo las aguas de la noche a la mañana. Yo llegué allá unos meses más tarde y hablé con el diputado de la región.
- En una noche evacuamos todo el valle.
- ¿Y eso cómo es posible?-. Pensé en un gobierno tribulado organizando un rescate de esas proporciones y me pareció inconcebible.
- Empezaron a aparecer coches. Muchos coches de personas que vivían más arriba. Todo el mundo echó una mano.
La imagen de los estadounidenses encaramados a los techos de los polideportivos de Nueva Orleáns, extendiendo los brazos durante días a la espera del rescate por parte del Gobierno adquirió entonces una nueva dimensión. Resulta que la solución estaba en la solidaridad. En no esperar la intervención de un ente superior. En saberse útil.

Menuda cura de humildad supone salir de Europa. No os lo podéis imaginar